¡Yo, madre, denuncio: estos impuestos maltratan injustificadamente a mi familia!

 

¡Yo, madre, denuncio: estos impuestos maltratan injustificadamente a mi familia!

Mi familia es la institución más importante en mi vida hoy. Sin embargo, vivo en un entorno social y legislativo que nos maltrata, a mí y a mi familia. El desprecio con que la legislación tributaria española, y la sociedad española por extensión, trata mi realidad familiar es de tal magnitud que, aunque solo sea por el "legítimo derecho al pataleo", me he sentido impulsada a compartir alguna de mis "quejas razonadas" en este blog.

Los motivos de mi queja son múltiples y de diversa naturaleza. La primera queja es cuantitativa. La cantidad de impuestos que paga una familia trabajadora en España "por el manual", dentro de la ley (digamos que los que no podemos acogernos a la amnistía fiscal), es una barbaridad en sí: una cifra pavorosa. Es una barbaridad doble si se vincula "lo que pago" con "lo que recibo". Quizás alguien se plantee reflexionar sobre la "quiebra evidente" de ese "contrato social" implícito en el art. 31 de la Constitución que vincula "el deber de contribuir" con la "asignación equitativa de los recursos públicos". Mi problema, y el de mi familia, es que no podemos mudarnos a una mansión en un territorio de baja tributación..., ¡porque para lo que recibimos aquí, no está justificada la cantidad de impuestos que pagamos! Una cosa es la solidaridad (¿caridad en moderno, no?, porque quien puede trabajar, ¿qué solidaridad necesita?) y la redistribución de la renta y la riqueza (cláusula anti-terratenientes) y otra la estafa institucionalizada a la clase media, a las familias que nos deslomamos para sacar adelante a los nuestros.

Pero mucho más importante que lo cuantitativo es, para mí, lo cualitativo. El ordenamiento tributario de mi país desprecia la realidad económica y patrimonial de lo que es "mi familia". Es más, desprecia incluso, selectivamente, la realidad jurídico-patrimonial de las relaciones económico-matrimoniales que surgen del compromiso familiar; por lo menos para los que, cuando más jóvenes, decidimos no hacer demasiadas preguntas y asumimos el régimen de gananciales sin darle demasiada importancia al asunto. La "malhadada" e incomprensible "teoría de la fuente" en el IRPF hace que el dinero lo gana "quien lo genera", pero que luego se gaste "a pachas" como ganancial: ¡no puede ser más absurda esta asincronía, pero los próceres de la patria, el Legislador y el Tribunal Constitucional, lo ven como "lo más natural del mundo"!

En el elenco de sinsentidos normativos que "me perjudican injustificadamente" está el tratamiento de cualquier movimiento patrimonial dentro de la familia: si mi padre decide donar una cierta cantidad de dinero a mi hijo, para que se haga un fondo de estudios..., ¿dónde radica la legitimidad para que el mismo que "construye aeropuertos cerrados" nos usurpe una buena parte de nuestro trabajo a los que decidimos no fundírnoslo en vacaciones en Cancún?

Podríamos seguir, pero como esbozo puede ser ya suficiente. Porque la queja más seria es, todavía, una última: la imposición de modelos de ingeniería social que arrollan el valor esencial de la libertad ciudadana.

El impuesto es, por concepto, una limitación al derecho a la propiedad y al derecho a la libertad individual, con su corolario de la responsabilidad individual. La colectivización de los frutos de mi esfuerzo, a través del impuesto, supone -de forma indisoluble- una limitación de mi libertad individual. Es una obviedad, asumida por la práctica totalidad de la sociedad española, que nuestro sistema de relaciones sociales desconfía de mi capacidad, mi criterio y mi responsabilidad para asignar razonablemente los frutos de mi esfuerzo a la educación de mis hijos, a la cobertura de mis necesidades de vivienda, de servicios sanitarios, o incluso a la previsión de soluciones patrimoniales para mi vejez. Por eso me sustraen cantidades ingentes de dinero -bajo el imperio de la ley, claro- y eligen ellos por mí el colegio, el médico, la universidad y la pensión. Digamos que, hasta aquí, no me queda más remedio que aguantarme.

Pero hace unos años llegó a mis oídos una noticia espeluznante. Un grupo de investigación "oficial" (financiado con fondos y recursos públicos) había propuesto la supresión del régimen de tributación conjunta en el IRPF...., ¡porque desincentiva la "emancipación" de la mujer! Algo así como una "clausula anti-maruja". Se trataba de forzar a "mi madre" a trabajar fuera de casa (supongo que limpiando portales o en un turno de una fábrica de conservas, o cosiendo en un taller de chinos) para que lograse su plena realización personal como mujer; y, para ello, el viejo y archi-probado recurso de hacer pagar más impuestos a las familias en las que trabaja solo uno de los cónyuges. ¡Sin palabras! La iniciativa no ha llegado al BOE..., ¡todavía!

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