Deducción por inversión en vivienda habitual: ¡dejen ya de teledirigir nuestras vidas con impuestos!

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Deducción por inversión en vivienda habitual: ¡dejen ya de teledirigir nuestras vidas con impuestos!

No creo en la ingeniería social con impuestos. Me repugna la ingeniería social con impuestos. Es cierto que el Tribunal Constitucional español ha avalado, en más de una ocasión, los fines extrafiscales en los tributos. Es igualmente cierto, que la vocación de los poderes públicos de utilizar los impuestos para influir en la conducta de los ciudadanos es muy antigua, y para nada es patrimonio hispano (véase el impuesto sobre grasas saturadas, cuantitativamente anecdótico, en el norte de Europa, tan moderno).

El Impuesto sobre Tierras Infrautilizadas en Andalucía, y sus equivalentes, o el antiguo Arbitrio Municipal sobre Solares sin Edificar, nunca han pasado de ser "brindis al sol". Del mismo modo que lo ha sido siempre la absurda pretensión de justificar la imposición sobre el tabaco o sobre el juego, como herramientas para "ayudar" a dejar de fumar o a vencer las ludopatías. Todo una auténtica patraña, bien deliberada (solo recaudatoria), bien fruto de un voluntarismo ingenuo. Si quieren expropiar... ¡expropien! Si la sociedad demanda la urbanización de solares, ¡expropien! Si fumar es malo, ¡prohíbanlo! Si jugar es lo peor, ¡eliminen el sorteo de Navidad, o quiten la exención -nada más injusto- en el IRPF! Pero, por favor, ¡no jueguen a aprendices de brujos con los impuestos!

El principio de capacidad económica (art. 31.1 CE), referente de la justicia tributaria, a duras penas se puede atisbar, maltrecho y pisoteado, detrás de tanta ingeniería social.

Pero, además, toda esa ingeniería social "para titulares de prensa" suele ocultar grandes engaños, o cuanto menos, evidentes contradicciones. Por ej., se "concede" una deducción por inversión (que el votante agradece), pero se cobra un Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales (7% como poco, en compras de segunda mano) o, peor, un doble Impuesto sobre Actos Jurídicos Documentados (1% más 1% en la compra de pisos nuevos con hipoteca -y más IVA, claro-). Por si fuera poco, cuando se construye, habrá que dejar la tajada correspondiente en el Ayuntamiento, por medio del Impuesto sobre Construcciones, Instalaciones y Obras; y antes, ni mencionemos las cesiones y costes imputables al promotor en el proceso de urbanización. ¡Ah, y el IBI cada año, la antigua Contribución, que los abuelos se empeñan en pagar..., como si de eso dependiese el reconocimiento de su derecho de propiedad! ¿Por qué en lugar de "perdonarnos la vida con la deducción del IRPF", no eliminan todos esos costes tributarios aberrantemente injustos?

En el fondo, nuestro ordenamiento tributario adolece de unas deficiencias estructurales, de unos desequilibrios conceptuales, terribles (Véase nuestra serie sobre "Vergüenzas y miserias de un ordenamiento tributario justo y moderno... o no tanto", en Quincena Fiscal Aranzadi). Uno de los principales es la admisión limitadísima, y fuertemente ideologizada, de la doctrina de los mínimos vitales y la vinculación de la tributación personal sobre la renta a la "renta disponible" (como quiso empezar a hacer, con notoria parquedad, la LIRPF de 1998, inmediatamente frustrada MAFO mediante). A mi modo de ver, la imposición sobre la renta (al tipo que decida la representación social en el Parlamento -el 30, el 40, el 50 o el 60 por 100-) debe partir de una medición real de la renta disponible, tras la satisfacción de las necesidades básicas personales y familiares. El Parlamento no debe poder publicar en el BOE que lo blanco es negro, o viceversa (que el rico es el profesional que trabaja mucho y bien, y no el acaudalado terrateniente).

Una de las necesidades básicas de todo individuo es la de "vivienda digna". Los mínimos personales y familiares, en nuestro IRPF, son una broma: por lo tosco y por lo limitado. La necesidad de alojamiento, vital, y su coste, inevitable, debe tener su reflejo cuantitativo en el cómputo de esa parte de ingresos del ciudadano-contribuyente, que no es "disponible": debe reducir la base imponible, con independencia de las fórmulas (compra, alquiler, precario o gorroneo) que cada ciudadano utilice para darle satisfacción. La eterna disculpa de la "tradición" (primero) y de la "practicabilidad" (luego), son solo eso: una ya demasiado antigua costumbre de abandonarse a la tradición y a la comodidad, en lugar de asumir el reto de una profunda renovación estructural de nuestro ordenamiento tributario.

En ese ordenamiento (¡I have a dream!) las personas pagarían impuestos en función de su renta disponible, en función de su riqueza acumulada -patrimonio-, y en función de los recursos que asignan a la satisfacción de necesidades personales -consumo-. No en función de si es políticamente correcta su conducta y si son buenos chicos, y se compran una casa, o investigan mucho, o generan empleo. ¡Que se compre una casa quien quiera y le convenga... (y pueda)! ¡Que investigue quien sepa ... (y pueda)! ¡Y que genere empleo quien sea capaz de sacar adelante proyectos empresariales..., si se atreve y le dejan, debajo de la desquiciante asfixia burocrática y fiscal que nos ahoga!

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