Family Business Christmas Blues: ¡la educación podrida! Primer acto. El viejo Scrooge cabalga de nuevo.

 

Family Business Christmas Blues: ¡la educación podrida! Primer acto. El viejo Scrooge cabalga de nuevo.

Once upon a time..., en un lugar de la Mancha (o no) de cuyo nombre no podría acordarme (o sí), existió una pujante y respetada comunidad educativa regentada por tres respetados y respetables profesores, que habían comprado un pequeño colegio de pueblo al antiguo maestro-fundador.

En aquella respetada comunidad educativa se habían educado jóvenes de toda clase y condición. De aquellos jóvenes razonablemente preparados brotaron con el paso del tiempo padres y madres de familia razonablemente preocupados por la formación de sus hijos, retoños que, claro, también precisaban de una comunidad educativa lo más respetada y respetable que fuese posible (legislación educativa mediante).

Pero los otrora respetados y respetables profesores ya habían quedado empachados de tanto respeto y tanta respetabilidad..., ¡y querían pasta, mucha pasta, toda la pasta posible! ¡Give me the money, give me the money!

Nuestros tres Sres. Scrooge tenían un solar, y, burbuja inmobiliaria mediante, querían su pasta. La ecuación era muy sencilla: ¡nosotros compramos el colegio para comprar nuestro puesto de trabajo, que los profesores de hoy nos compren ahora el colegio! El precio: lo que vale el solar (pongamos, por un suponer, 2 millones).

Nuestros tres Sres. Scrooge paseaban por los pasillos del colegio (las rejas oxidadas no se habían pintado en los últimos 50 años, por lo menos), subían escaleras, bajaban escaleras; salían al "patio" (una explanada de tierra encharcada). Dentro de las aulas los niños se pertechaban detrás de bufandas y anoraks, con gorro y manoplas.

Scrooge núm. 2 entró en un aula; la profesora se giró hacia la puerta:

- Hola Papá, ¿pasa algo?

No era muy cómodo hacer el dictado con guantes y bufanda, pero la calefacción es muy, muy cara... La profesora continuó el dictado, entre estornudo y estornudo, los ojos rojos.

... ... ...

- ¡Pero si tus nietos van al colegio, pero si tus hijos son profesores del colegio! - interperlaba perplejo un anciano y respetable profesional, otrora amigo y consejero.

- ¡Sí, sí, qué listos, son unos chupones, solo quieren mi dinero, mis dividendos que son míos y solo míos, con esa carita de pena, esas lagrimitas de cocodrilo! - refunfuñaba Scooge núm. 1. - ¡Si quieren calefacción, que compren el colegio, como yo compré mi puesto de trabajo!

- Además, ¡no pueden pagaros ese precio que pedís! Es una locura desquiciada pretender que las acciones de una sociedad titular de un centro de educación, con compromisos laborales y contractuales, valgan lo que vosotros decís que vale el solar. Esa operación es inviable. ¡Busca consejo sensato y sereno y compruébalo tú mismo! - insistía el respetable y anciano profesional, otrora buen amigo y consejero.

No había solución al entuerto. El asesor de la gran capital confirmaba punto por punto lo avanzado por el antiguo amigo: esa operación era imposible. ¡No podían embolsarse "su dinero"! ¡Qué vergüenza! ¡Todos los asesores del mundo compinchados para fastidiarnos! ¡Con lo respetados y respetables que nosotros somos, con lo que hemos sido!

 

Los cuentos de navidad son un género especialmente tierno. Me repito en demasía en los últimos tiempos: ¡la realidad siempre supera a la ficción!

Los Sres. Scrooge existen y la historia que novelo no es (¡ojalá!) ningún cuento. Ni ha ocurrido en la Londres decimonónica, deprimida y miserable de Charles Dickens. Ni en lo más deprimido de Burkina-Faso.

En un lugar real de la "piel de toro" (¡¡si Valle-Inclán lo hubiese visto!!) los dueños de una SL titular de un centro educativo pretendían vender a precio de oro a los profesores del centro las acciones de la SL, por un precio irracional. Y sí, los compradores eran... ¡sus hijos, yernos, nueras! Y sí, los alumnos que deambulan por las instalaciones decrépitas, tan decadentes como los propios dueños y el ambiente del centro, eran SUS PROPIOS NIETOS. Y sí, ¡se repartían en dividendos el dinero de la calefacción de sus nietos!

 

Con evidente deformación profesional como Consultor de Empresa Familiar, cuando tuve conocimiento de esta fantástica historia, procedí a volcar sobre ella mi propia estructura de conceptos y herramientas analíticas, al servicio de la SOSTENIBILIDAD INTERGENERACIONAL en la Empresa Familiar.

El análisis "a distancia" de este supuesto (junto con el estudio "desde más dentro" de otros concordantes, que sí, sí, los hay) me han llevado a reforzar hasta la "categorización", dos ideas-fuerza que rondaban mi cabeza desde hace mucho tiempo:

(a) La primera, contra la gerontocracia. Cuando las personas que tienen el control real y efectivo de una Empresa Familiar han superado una determinada edad (en torno a los 70 años), la batalla por la SOSTENIBILIDAD INTERGENERACIONAL está perdida antes de comenzar la lucha. Intentarlo es una pérdida de tiempo. ¡Sálvese quien pueda!

(b) La segunda, contra las miserias de la condición humana. Cuando las personas que tienen el control real y efectivo de una Empresa Familiar no son buena gente, carecen de la bonhomía básica para cuidar y respetar a los suyos, no hay nada que hacer; la lucha por la SOSTENIBILIDAD INTERGENERACIONAL es un esfuerzo injustificado. ¡Toca ser perro y poner a los abogados a pelear por las migajas!

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