Xtreme: casos extremos de empresas familiares al borde del colapso.

 

Xtreme: casos extremos de empresas familiares al borde del colapso.

Desde que estamos enganchados al twitter, nuestro universo conceptual se ha diversificado extraordinariamente. Es cierto. Todo cambia vertiginosamente y las ideas en 140 caracteres a veces son buenas, a veces malas, a veces no son nada...

La imagen del mundo, y la Empresa Familiar, nuestro mundo, que se puede extraer de twitter es muy curiosa; y su peculiaridad aporta una frescura que siempre es saludable, siempre y cuando no nos dejemos llegar por el absurdo de la simplificación.

En mi trayectoria profesional vivo con intensidad en una dialéctica permanente, que me genera montones de conflictos y que provoca múltiples choques e incomprensiones a mi alrededor, en los más variados escenarios: LO SENCILLO ES MUY COMPLEJO. La dialéctica se produce siempre entre el "principio esencial" que debe ser sencillo y claro, prístino e inmutable, transparente, impoluto y de imposible tergiversación (por su claridad y sencillez); todo lo demás es y debe ser complejo, y todos los MATICES enriquecen y no estorban, antes al contrario, refuerzan la sencillez y la claridad del CONCEPTO-BASE o IDEA FUERZA.

En twitter no hay muchos matices; la limitación de los 140 caracteres es poco propicia para ello. Pero las ideas-fuerza, cuando las descubres casualmente en tu time-line (que hay de todo) tienen una potencia emotiva superlativa.

¿A qué viene todo esto?

Hace años que venimos insistiendo en los casos más extremos que hemos observado en Empresas Familiares reales. Al principio, hace muchos años, desarrollamos un programa de formación-concienciación para familias empresarias (con la Confederación de Empresarios de Navarra) que se titulaba ¡Papá, tienes que subirle el sueldo a mi marido! El título no tenía desperdicio (eso pretendíamos) a la hora de agrupar un buen puñado de barbaridades observables en demasiadas empresas familiares, y contra las que era -y es- preciso descubrir una vacuna urgente.

En aquel programa incluíamos una sesión con el desarrollo de un "caso real distorsionado" que denominábamos "Automoción Xtreme", en honor al sector en que operaba la empresa familiar (concesionario de automóviles, taller y servicios conexos) y al carácter decididamente extremo y terminal en que se hallaba la familia y la empresa.

Aquellas sesiones generaban una gran hilaridad en el auditorio siempre. Los asistentes, en apariencia, no se lo creían; y digo en apariencia, porque luego, hablando con varios de ellos, resultaba que en sus propios "baúles" escondían peripecias parejas o, incluso, radicalmente más absurdas.

Pero la bibliografía al uso y las tendencias más "cool" en esto de la Empresa Familiar, y en cierto modo en los temas de management en general, se han sentido siempre mucho más atraídas por lo de las BEST PRACTICES. ¡Claro, digo yo! Hacer una gran conferencia y una fantástica presentación ante un auditorio cualificado explicando cómo se han hundido empresa que no han innovado lo suficiente, ¡no mola nada! Lo realmente atractivo y lucido es coger un buen puñado de ejemplos de éxito, que la gente no podrá imitar, pero que demuestran que sí es posible el progreso. ¡Una conferencia sin un mensaje positivo es el anti-todo! ¡No puedes conseguir un aplauso, ni de broma! Y luego, lo normal será que no te inviten a la siguiente.

Me encantan las BEST PRACTICES para aprender de todo aquello en lo que me estoy introduciendo; la literatura para jóvenes siempre tiene finales felices... ¡si todos los libros que lees acaban mal, es imposible que te aficiones a la lectura!

Pero a mí, profundizando en la lucha por la SOSTENIBILIDAD INTERGENERACIONAL con mis familias empresarias -y estudiando y evaluando referencias sobre muchas otras-, me ha tocado el lado oscuro: miserias, miserias y más miserias. Muchas de ellas sin solución. Sí, es cierto, en ocasiones me he visto como el médico primerizo y carismático de una serie de televisión cualquiera, que sigue con el masaje cardíaco cuando su superior ya sólo le insiste en que certifique la defunción..., pero él sigue y sigue, hasta la extenuación..., y, ¡yo confieso!, he seguido y seguido, y buscado y buscado, y discutido y discutido, y peleado y peleado..., ¡para al final dar paso a los abogados y los follones sin retorno..., y la ruina moral y patrimonial!

No recuerdo quién, y daría igual en todo caso, pero hace unos días uno de los twitteros a los que sigo lo decía de forma atronadora en 140 caracteres. "Si para los emprendedores es fundamental aprender de los propios, ¿por qué en todas las escuelas de negocios se enseñan los casos de éxito?"..., ¡o algo parecido!

Mi obsesión por "casos patológicos" en empresa familiar ha estado detrás de las propuestas más desenfadadas e informales del blog ADN.Adernova. Cuando comencé a escribir sobre casos de "Érase una vez una familia empresaria que...", me movía un impulso de "impactar directamente" en los miembros de varias de mis familias empresarias (y por accesión en todos lo que quisieran seguirlo), llamándoles la atención sobre las barbaridades que podían llegar a cometerse por fuera de una ortodoxia de IDEAS-FUERZA muy sencillas, pero absolutamente irrenunciables.

El paso siguiente era ya metodológico: ¿dónde está el error de base en esa familia empresaria, y cuándo se llegó al punto de "no retorno"? ¿Qué debiera haberse hecho, o que debiera haberse evitado, para evitar ese desenlace? Y ¿cómo me hubiese enfrentado yo a esa situación? Hasta, por fin, ¿hubiésemos podido evitar el "crash" con el tratamiento adecuado, por drástico que hubiera sido?

Por ello, el estudio y el análisis del "lado oscuro en la Empresa Familiar" ha formado parte de todas mis expresiones públicas, en conferencias, en el blog, y ahora aquí.

Ese análisis del "extremo" en el deterioro de familias empresarias me ha motivado profesionalmente. Hace poco me presentaban un caso claramente irreversible (con los años soy cada vez más bestia -¡no tiene arreglo!- y menos voluntarista -¡si se produjese una conjunción planetaria y contásemos con la magia de "Merlín"..., podríamos reconducir la situación!-).

Hablé con claridad y dureza con la persona que me lo presentaba, primero como..., "¡mira que le pasa a una amiga!" y luego..., "¡es que la madre de mi amiga en realidad es mi madre!". La descripción de los problemas de "la amiga" no dejaban lugar a dudas: ¡todo enloquecido, todo descalabrado! Pero seguimos hablando, reflexionando e intentando reuniones y alternativas, y reenfoques y reconducciones..., durante meses. Claramente, ella no podía rendirse y abandonar sin más: el daño personal para su madre era ya irreparable, pero el patrimonial estaba al caer. Y yo mismo tampoco podía dejar de practicar una particular forma de investigación "paliativa". Obviamente, no tuve oportunidad real de "entrar y operar", los patógenos que causaban -clara e inequívocamente- la infección no estaban dispuestos, bajo ningún concepto, a oír hablar de médicos, y mucho menos de antibióticos.

Pero alguna vez sí nos metimos de lleno en el pozo de serpientes, en el epicentro de la infección, en el mismo ojo del huracán. En mi descargo he de decir que éramos mucho más jóvenes, y todavía pesaba más el voluntarismo de principiante que el análisis "forense". Nos hartamos de perder dinero con aquel proyecto; y, como era previsible, salimos mal parados.

De aquella experiencia recuerdo cada detalle, cada conversación, cada estrategia. Hemos releído y reconstruido cada momento, hemos reexaminado cada actuación y cada propuesta, cada "golpe de fuerza" y cada "cesión"; cada avance, y cada torpedo recibido, en plena línea de flotación. ¡Ha sido lo más excitante en muchos años! ¡Estuvimos a un paso de la gloria! ¡Casi palpando la divinidad, creadora de vida, resucitando a un muerto, varias veces asesinado ya!

Y tengo que decir que nunca antes y nunca después aprendimos tanto: ¡todo cambió para nosotros entonces!

Recordamos y reexaminamos con obsesión analítica, sí, aquel proyecto. En una primavera, varios meses después de haber abandonado ya, paseaba por la explanada central del paseo de los osos en Cabárceno con mis hijos cuando recibí una llamada de un número conocido; era mi amigo Carlos, abogado de la familia, que había vivido a nuestro lado todos los avances (hubo un momento en que todo pintaba "bonito") y que había sufrido también a nuestro lado toda la impotencia...; y que, peor, cuando nosotros ya nos habíamos ido, debió seguir un tiempo gestionando las miserias que allí quedaban.

Aun con el evidente y justificado disgusto de Aurora cogí el teléfono y me alejé paseando del coche y de los niños. Estuvimos un buen rato charlando. Carlos volvía de una reunión que acababa de tener en Oviedo, con el "abogado-salvador" (estaban a punto de darle la patada a él también, y para su alivio y tranquilidad -dicho sea de paso-). Carlos se obsesionaba también con ¿qué hicimos mal?, ¿hicimos algo mal? He de apuntar que toda la responsabilidad por cualquier error de diagnóstico, planteamiento o ejecución me correspondía sólo a mí; pero Carlos se había implicado en la estrategia (al punto crítico de implicar a amigos personales suyos en la "salida empresarial" de la compañía), y asumía como propias todas las actuaciones desarrolladas.

Hablamos mucho rato. ¡Menos mal que los niños se entretenían con los osos primero, luego con las jirafas y las avestruces, y con todo lo que por allí se movía!

Carlos repasaba una y otra vez los variados episodios vividos, y los "puntos de inflexión". Aquellos en que parecía que "ya estaba encauzado", y luego la siguiente crisis... Como en una operación a corazón abierto en la que cada vez que conseguías estabilizar un vaso sanguíneo..., se rompía otro más abajo.

¿En qué nos equivocamos, Amancio? ¿En qué nos equivocamos, Amancio? Una y otra vez la misma pregunta retumbaba (y sigue retumbando) en mi cabeza. Desde entonces me he abrazado a "mi bolita de cristal de salón que adivina el pasado con precisión"; esta es una broma que he utilizado en el blog ADN.Adernova como chascarrillo fácil para expresar cuan brillantes somos todos "a toro pasado". Pero no es solo un chascarrillo, claro, es una obsesión metodológica por el análisis exhaustivo y recurrente..., ¿qué pasó?

Para aquella pregunta sólo hallamos, consensuadamente, una respuesta. Siempre he denominado la "doctrina F." a esa respuesta, aun cuando en realidad la respuesta la propuse yo mismo: ¡el error fue no abandonar a tiempo! En efecto, hubo un punto de no retorno; un momento en el cual, entonces -en vivo y en directo- y luego, todos habíamos llegado a la conclusión de que aquello acababa en pleitos cruzados, ruina moral y colapso económico. Pero insistimos en "inmolarnos" ayudando (pese a que las faltas de respeto ya se acumulaban significativamente)..., ¡juventud divino tesoro! Hicimos el ridículo unos meses más..., pero ¡lo que aprendimos en ese período...!, ¡"teoría Mastercard"! o, dicho de otro modo..., ¡no tiene precio!

Para terminar el encuadre, he de significar que nosotros no rompimos nada (si no, es probable que no me atreviese a contarlo, ni siquiera con las fabulaciones y adaptaciones imprescindibles en este medio). El crash irreversible se produjo cuando el órgano de gobierno empresarial que habíamos conseguido constituir con una legitimidad irreprochable, por unanimidad, destapó un agujero patrimonial inmanejable y, entonces, se desató el mayor huracán jamás recordado, amplificado por la resistencia de algunos -varios- a asumir la realidad, y mucho menos a sufrir ningún tipo de limitación en los privilegios consolidados en décadas de ignominia.

El análisis de alguno de los casos más dramáticos que he observado en familias empresarias en los últimos años me parece lo más ilustrativo para prepararse, todos y cada uno de los miembros de cada familia empresaria, para su batalla por la SOSTENIBILIDAD INTERGENERACIONAL. Todos tienen esa responsabilidad, quieran o no, les guste o no. Y si no aprenden de las meteduras de pata de otros..., se quedarán como tantos otros "en los mundos de Yuppi"..., y se la pegarán.

A ello vamos.

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